por Larissa Pagán
Mi alarma suena como de costumbre a las ocho de la mañana con el mensaje de la semana: “Buenos días, hermosa” –si soy ese tipo de persona que se deja mensajes ella misma–. Me paro de la cama, abro las ventanas, mi gato se levanta y sale corriendo a mi cuarto para jugar conmigo, buscando amor y atención. Luego de estar casi media hora jugando con el gato y usando el teléfono, salgo de mi cuarto directamente a la cafetera, lista para hacerme mi sagrado café.
Porque el momento del café mañanero para mi es súper importante, ya se ha vuelto mi ritual. No importa en qué parte del mundo esté, trato de tener este momento a solas para pensar en mi. A veces pongo música mientras se hace el café. Dependiendo del mood que me sienta, escucho jazz, un bolerito de los clásicos o hasta indie rock, lo importante es que sea un género que me relaje. Cuando el café está, me lo llevo a mi cama con una galletita y un libro. ¡Ay, que rico! ¡Ya estoy lista para comenzar el día!
Pero un día me levanto como de costumbre directamente a la cafetera y no funciona. ¡Drama! ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo que no funciona? Busco por YouTube posibles fallos que pueda tener para arreglarla y nada… No puedo más con los nervios, porque la verdad es que no sé dónde conseguir café. Me tuve que mudar a los Estados Unidos, y no estaba lista para salir de mi casa y enfrentar la realidad. Me comienza a dar ansiedad. Me pongo a pensar: ¿Cómo puedo llamar a este lugar mi hogar si no sé ni dónde conseguir buen café? No sé las calles, no reconozco nada a mi alrededor. Internamente me motivaba y me decía: “Larissa tu puedes, ve a buscar café.”
Cómo todes saben, el peor café del mundo es el gringo y esto iba a ser todo un reto. Me visto, me jayo para sentirme mejor y me voy en busca de ese café, con un espíritu de nuevas oportunidades y en busca de una señal de que este puede ser mi hogar si me lo propongo. Conseguí un coffee shop no tan lejos de mi casa, entro con la frente en alto, lista y decidida a pedir mi buen café con poca leche. Al llegar a la caja y ver el menú, no podía creer la variedad tan extensa que había: Drip Coffee, Nitro Coffee, Flat White, Cold Brew, Americano, Latte, etc. Mi corazón va a millón, no sé cuál pedir. Solo quiero un café fuerte con poca leche. Me toca pedir: “I want strong coffee with little milk”–“So, an Americano”, me contesta. “No no, I want more coffee than milk”–“Ah, a Latte”–“No no, I want a lot of coffee, good coffee and little milk”–“Oh a coffee with milk, I got you.” ¡Uff, al fin! Pagué el café de $5.00 y cuando me lo entrega, es café gringo. Café aguao’, y me da una cremora to-go para echarle. Justamente en ese momento no pude más. Las lágrimas no pararon, no pude aguantarme más.
Esta no es mi casa, pero ya lo que conozco como mi casa, donde me crié, donde di mis primeros pasos, la casa que me vio crecer, ya no existe. Fue vendida. Nunca más puedo volver. ¿Qué hago? Si vuelvo a mi isla, nunca será lo mismo, pero quizás nunca nada será lo mismo porque a la que tomas la decisión de irte, te conviertes en un ser que no es ni que aquí ni de allá. Lo que te quedan son las costumbres, las tradiciones y la historia de tu tierra para siempre tener los pies en la tierra. Somos muches en la diáspora soñando con volver a la isla, haciendo lo que podemos desde afuera, para ver a Puerto Rico libre. Pero sin olvidar de donde vinimos.

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