Escribo estas palabras con la urgencia de una negra que está harta de escuchar la frase “todxs somos negrxs” mientras en el mismo respiro escupen un comentario racista. Escribo con la frustración de una académica que está harta de repetir que la democracia racial no existe y tampoco existe una “raza puertorriqueña”.
¿Qué colmó la copa? Esta vez las palabras salieron de la boca de un candidato a la gobernación: Eliezer Molina. Luego, reflexionando, recordé que otro candidato a la gobernación —Pedro Pierluisi— dijo que él es el “negrito de la familia”, y tuve que apalabrar mis pensamientos.
Todas las generaciones actualmente vivas en Puerto Rico han crecido bajo un discurso popular —y en ocasiones apoyado por el Gobierno— que dice que en Puerto Rico todxs somos negrxs y, por lo tanto, no hay racismo. Incluso, en ocasiones se llega al extremo de hablar de una “raza puertorriqueña”. Este discurso homogeneizante y ahistórico no solo invisibiliza el racismo rampante que sí existe en Puerto Rico, sino que ignora las evidentes diferencias raciales entre lxs puertorriqueñxs. Esta mentira colectiva que nos continúan alimentando nos imposibilita enfrentar nuestra realidad como sociedad. No nos permite reconocer que somos una población con diversidad racial y tampoco impulsa el establecimiento de una cultura anti-racista.
Esta falacia se conoce como el mito de la democracia racial. Este mito propone que, en términos fenotípicos, todxs lxs puertorriqueñxs somos iguales porque todxs somos producto de la mezcla racial entre negrxs, indígenas y blancxs. Al ser “iguales”, no hay cabida para el racismo.
¿Ya ven por dónde voy?
Si bien es cierto que teóricamente todxs lxs puertorriqueñxs tenemos sangre de esas tres razas, más cierto es que esta “mezcla” no es homogénea. Sobre todo, la mezcla propició una diversidad inmensa de características fenotípicas entre puertorriqueñxs. Tenemos personas como Ednita Nazario o Ricky Martin que lucen labios finos, piel blanca y cabello lacio; y otras como Tego Calderón o Edda López que cargan su pelo rizo, piel oscura y labios gruesos. Es imposible mirar a esas cuatro personas y afirmar que todxs nos vemos iguales. Así como ellxs, hay millones de puertorriqueñxs que se diferencian grandemente en sus rasgos fenotípicos.
Cabe mencionar que limitar nuestra composición a solo negrxs, indígenas y blancxs ignora todo un sector de la población que es parte de nuestro ADN y contribuye activamente a la sociedad: lxs chinxs. Lxs chinxs comenzaron su ola de migración a Puerto Rico desde el siglo 19 y no se puede negar la intrínseca relación que tenemos con esta población poco representada. Ya son generaciones y generaciones de chinxs, que son tan chinxs como lo son puertorriqueñxs. Sin embargo, los comentarios racistas hacia lxs chinxs son igual de prevalentes que los dirigidos hacia lxs negrxs. Si quieren conocer más de este tema, lean Los chinos en Puerto Rico (2015) de José Lee Borges.

El mito de la democracia racial no solo ha enraizado una falsa noción de nuestra identidad racial como sociedad, sino que ha permitido que el racismo se cuele en nuestra cultura popular, discursos políticos, escuelas, lugares de trabajo y en nuestras conversaciones. Frases como “hay que mejorar la raza”, el “pelo malo”, “se me sale lo de negra” y muchísimas otras son tan comunes como el plátano. Personajes que usan blackface como Diplo, Chianita, Willie El Güirero y Pirulo El Colorao son solo un síntoma de un racismo mucho más profundo en Puerto Rico. Un racismo que impide a las niñas ir a la escuela sin enfrentarse a burlas racistas, y luego desata una persecución criminal por ellas defenderse de estos ataques. El mismo racismo que permite que La Comay vocifere comentarios racistas hacia la Lcda. Ana Irma Rivera Lassén en plena televisión nacional. Todo los ejemplos mencionados terminan siendo defendidos bajo el pretexto de que es imposible ser racista en Puerto Rico, pues todxs somos negrxs.


Es curioso ver cómo se mueve la situación racial en la isla, pues muestra una contradicción profundísima en el imaginario colectivo. Por un lado, todxs somos negrxs. Por otro, nadie quiere ser negro, y así lo demuestran los Censos del 2000 y 2010. ¿Cómo es posible que afirmemos que todxs somos negrxs mientras promovemos el racismo? ¿Cómo es posible que todxs seamos negrxs si insisten en “mejorar la raza”? ¿Cómo es posible una democracia racial que niega su Negritud?
Ciertamente no vivimos en una democracia racial, y queda muchísimo trabajo por hacer para comenzar a desaprender, reconocernos y re-construirnos como sociedad firmemente anti-racista y diversa.
Lecturas recomendadas:
Chianita y la conversación sobre el “Blackface” y “Minstrelsy” en Puerto Rico, por Bajo Criterio
La historia de Puerto Rico: un relato impregnado de racismo, por Ana Teresa Solá Riviere y Luis D. Alfaro Pérez
Los chinos de la Carretera Central, por José Lee Borges
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Enverdad, estoy de acuerdo con que el racismo existe. No hay duda de que la «raza puertorriqueña» no es un termino que se debe usar como el Sr. Eliezer propuso ya que realmente indica etnicidad. Concuerdo también que hay que encaminarnos a una sociedad anti-racista. Pero en lo que yo difiero es que personalmente no creo que la mayoría de los ejemplos que mencionaste sobre como los de los dos candidatos a gobernación incluso la lista de blackface son inherentemente racistas o ocupan alguna agenda racista. Creo que el discurso racial que se esta llevando actualmente esta llevando a mas divisidad y no promueve la hermandad racial.
QDTB