por Paola Andrea Marzán
Resumen: “Giselle de Santurce” es una adaptación del canónico ballet “Giselle”, escrito en el siglo XIX. En su interpretación, Marzán reemplaza los espejismos fantasmagóricos que invaden la obra original por las reverberaciones de la negritud femenina en la ciudad de Santurce, utilizando las pinturas de Edgar Degas como una fuente de inspiración.
«Mi duelo se ha convertido en danza.»
Patti Smith
La pequeña bailarina de catorce años llega, casi flotando, al Centro de Bellas Artes. El sol no perdona a nadie en esa mañana cangrejera y lleva azotando su piel de bronce desde la parada de la veintidós. Ella ni cuenta se dio. Sólo piensa en las puntas. Estar de puntillas, zapatos de punta, la punta de sus dedos estrechados en segunda, en primera, en tercera, en primera, en cuarta, en primera, quinta, en primera y hacia atrás: aguanta posición. Su vida pasa y quiere estar de puntillas, encorvar los dedos de los pies, sentir el peso de su cuerpo ir de tendón en tendón, la presión casi insoportable que la hace ver como pintura, la hace ver como si tocara el cielo, como un hilo que la alarga tanto que le satura la piel, la separa, enseña los tonos de amarillo, de negro, almendra y coral. Ella siente el dolor, ella sueña con dolor; la bailarina aprendió a amar el dolor hace mucho tiempo.
Mirando hacia el edificio, sube las escaleras casi en chassé hasta llegar a la entrada. No hay nadie, ni un tutú a la vista. Está vestida pero no peinada; la maestra, misis Frances le ayuda con eso todas las mañanas. Nunca ha estado sola en una tarima, solo lo ha imaginado en el balcón de su casa: las luces, los aplausos, el olor a sudor y flores, cosa que nunca ha recibido. Entrando a la gran sala, el eco de sus zapatillas rebota de fila en fila de butacas, hasta llegar a las escaleras del lado izquierdo. Se mete entre el telón, vaya qué silencio. Con sus brazos detrás de sus espaldas, la mente de nuestra Giselle espera la pieza de Adolphe Adam.
Giselle observa a su Albrecht en el centro del tablado. Lo ve ahí, en el piso, encorvado. La pequeña bailarina mira hacia arriba y no ve luces, sino rayos de luna. Los cables se convierten en ramas. Hay verde por todos lados. En los árboles, verde culantro, verde oliva, verde roble, verde pino. En el piso se pincela el verde, con sepia mojado, con castaños y canelas, todos rodeando a Albrecht. La espera lo consume. Él siente su presencia, pero sus ojos no la alcanzan. Ella se queda un momento más detrás del telón; la música comenzó y ella seguía escondida.
En ese momento, Giselle se bañó de emociones — ¡usa el dolor, Giselle! Úsalo. – la misis gritaba, golpeando el bastón al tempo. Lo mira, hombre caucásico, terso, ahora tirado, sumiso ante las garras de todas las demás mujeres que se ven obligadas a vivir aquí – se llaman Willis, le dijo. Ellas también bailan. Ellas también se esconden. La sinfónica pone a nuestra protagonista en estado de alerta. La sección de violines la transportan a su balcón y las bocinas de la vecina, que utiliza para practicar, o reprimir los gritos, desconocía cuál era más importante. Quizás si se extendía lo suficiente por las barandas, sus tímpanos finos bastarían para no poder oírlos. Sólo los violines. Sabía que muchas veces el sonido del tambor no venía de las bocinas.
Qué audacia, piensan juntas. Giselle lo mira una última vez antes de empezar; ve sus rosas, las que le entregó el día que la fue a visitar porque sabía que su madre no estaba en casa. Eran blancas. Blancas como sus hijas. Todas menos ella. Él siempre ha pensado que sus palabras son terciopelo, pero ella las reconocía. Veía el petróleo que salía de su boca cada vez que la abría, cosa que manchaba todo lo que tocaba. La casa siempre estaba inundada, hasta que se fue. Esa tarde le tiró las flores.
Acercándose, Giselle despliega lentamente su pierna derecha hacia el techo, su cuerpo bajando casi en posición de reverencia. Su pelo tan rizado lo siente por todos lados. Cuando salta, lo siente en la espalda, en los hombros, en los brazos. Su pelo tiene coreografía propia. La música va en crescendo, no se escuchan sus pasos, es un fantasma de niña, nadie la puede tocar. Brinca, tira las rosas, da pasos en puntillas, lo saca, siente el tutú por los tobillos, llega el alba. Las gotas de sudor le caen por la espalda, le caen por el pelo, por la cara, las lágrimas también caen.
Da su baile de despedida y brinca. Brinca y siente que sus pasos podrían romper con la madera. Brinca una y otra vez y siente que se va a marear, pero no lo hace, así que gira; la pequeña bailarina de catorce años conoce la cara del sacrificio. Sus pies van rápido, tan rápido que parece dictar el tempo. Pero la orquesta no existe, las Willis tampoco, es solo ella entre tonos de azules, verdes y blancos. Suenan los tambores y no le teme. Ella es intocable. Él es yugo, verdugo de cara cambiante. Está derretido, grises pálidos invaden su piel. La presencia en su bosque ya no es bienvenida. Tal vez nunca lo fue. Él intenta despedirse, pero ella no lo escucha, solo baila, sus rizos son tornados en el viento. Sola, extiende el cuerpo una última vez, hasta caer en eterno agradecimiento. Truenan los aplausos. No se levanta; ahí se queda, esperando un telón que nunca bajará, en una sala totalmente vacía.
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