por Gabriel Rosado

«Ir al psicólogo me enseñó a aceptar quien soy, quien puedo ser, y convertirme en el padre que mi hija se merece; no el que la sociedad determine, sino el que yo sé que soy capaz de ser.»

A todos nos hablan de los psicólogos y dicen: “Eso es pa’ locos. Yo no tengo problemas, yo no necesito a alguien que me escuche, para eso tengo mis amistades.” Pero ir a un psicólogo me salvó la vida, me hace mejor padre cada día y una mejor persona. Yo no creía en sentarme en una habitación y contarle a una persona desconocida sobre mis problemas, sobre mis miedos y mi vida en general. Como puertorriqueno de pueblo chiquito, me enseñaron a pensar que eso es para locos y si vas al psicólogo tienes un problema. 

Siempre fui un niño de temperamento corto. Cualquier cosa me molestaba. Si alguien me veía disfrutando algo y me relajaba, lloraba. Siempre fui inseguro y con mucho coraje. Siempre peleaba en la escuela. Una vez fui creciendo, me puse más reservado. No hablaba mucho por el miedo de que me relajaran. Nadie se merece sentirse así. Cuando chiquito, llegué a ir al psicólogo, pero lo cogí a relajo. No sabía el valor que podía tener. Fui creciendo y me di cuenta de que no tenía nada. 

Conocí a una persona que me enamoró, y tuvimos una hija, pero nuestra relación no pudo seguir. Ella vino con la idea de buscar ayuda de una terapista de pareja y yo seguía con la mentalidad de que eso es pa’ gente loca y le dije que no. Un día, mi hermana me volvió a mencionar que debía ir a un psicólogo. Tuvimos una pelea fuerte y le grité. Mi hija, con solo año y medio, estuvo ahí para ver todo. Vio como su padre no tenía control de sus emociones. Mi mente se puso a imaginar cosas y solo pensé: “¿Qué pasa si la próxima vez es algo peor?” Nunca me lo iba a perdonar. Siempre he sido una persona bien emocional y después de dejar a mi hija con su madre, lloré de camino a casa con miedo de la persona quien estaba convirtiéndome, miedo de hasta dónde iba a llegar todo este coraje que tenía. ¿Cuándo era suficiente?

Gabriel y su hija

Fui a la psicóloga por primera vez porque quería estar allí. Esa vez, no supe por dónde empezar. Siendo una persona de no compartir nada sobre su vida, no sabía cómo sentarme una hora con alguien que no me conoce a contarle todo. La primera vez que me sentí libre y pude contar todo fue como si me tirara al río sin saber cuán profundo es, sin saber qué hay más allá del agua, con miedo a lo que me espera. Las familias latinas acostumbran a los hombres a ser seres sin emoción, a no llorar, a ser rudos, ser el macho alfa para sobrevivir en el mundo. Pero, ¿qué pasa cuando tienes una hija? ¿A dónde va todo eso? Los hombres podemos ser emocionales, los hombres podemos llorar, y créeme que los hombres amamos descontroladamente. 

Para ser un mejor padre cada día, tengo que ser quien soy: un hombre emocional, que llora cuando su hija se ríe porque hace meses que no la escucha, alguien que se toma su tiempo comprando los regalos porque quiere que sean especiales. Ir al psicólogo me enseñó a aceptar quien soy, quien puedo ser, y convertirme en el padre que mi hija se merece; no el que la sociedad determine, sino el que yo sé que soy capaz de ser. Hablar de mis problemas con un psicólogo, cambió mi vida. Me arrepiento de no haberlo cogido en serio, de no hacerlo antes. Quién sabe cómo hubiese arreglado mi relación, quién sabe si yo hubiese tenido el control de salvar mi vida antes de lo esperado. Pero no tengo control del pasado ni el futuro, tengo control del presente. Mi hija no se merece a un padre lleno de coraje y odio, uno que no aceptaba quien era, que no se la disfrutaba como ella se merece. Ella se merece al padre que aunque esté cansado en sus días libres, juegue ocho horas con ella. El que toma el tiempo para dibujar con ella, para cantar, bailar y enseñarle que un hombre puede ser frágil y llorar. 

Nadie determina nuestro futuro, solo nosotros determinamos el presente. Somos humanos, no somos plasticina para ser moldeados en lo que la sociedad quiera. Somos libres de escoger nuestro camino. Mi hija se merece un mejor padre, mi ex se merecía un mejor hombre, mi hermana se merece un mejor hermano, mi madre se merece un mejor hijo, mi abuela se merece un mejor nieto y mis amigas se merecen un mejor amigo. Yo cambié por ellas, cambié para no ser un hombre más con coraje y que no sabe controlar sus emociones. 

Ir al psicólogo salvó mi vida, me hizo mejor un padre cada día. No sé dónde hubiese estado si no hubiese ido ese día al psicólogo, pero sí sé que ese día mi vida cambiaría. Ser hombre es más que hacer tu presencia sentir, es aceptar que necesitas ayuda. Ser hombre es tener la capacidad para razonar, hablar y crear. No espero cambiar vidas con este mensaje, solo quiero que sepan que está bien buscar ayuda. En mis ojos yo no voy al psicólogo para cambiar quien soy, sino a convertirme en quien el mundo necesita. La sociedad puede determinar lo que quiera por mi género, mi color de piel o mi apariencia, pero algo que no podrá hacer es decirme cómo criar a mi hija y amarla como yo solo sé. No tendré el mejor pasado y no sé a dónde va mi futuro, pero sí tengo control de mi presente.

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